GESTIÓN EMOCIONAL EN FAMILIA

Educar emocionalmente en familia

¿Qué son las emociones?

Las emociones son reacciones psicofisiológicas que nos sirven para adaptarnos a diferentes situaciones y nos proporcionan energía para resolver un problema o realizar una actividad nueva. Actúan como resortes o alarmas que nos impulsan a actuar para conseguir nuestros deseos y satisfacer nuestras necesidades,  y esto es gracias tanto a las emociones positivas como negativas. Ante una situación peligrosa el miedo nos ayuda a huir; ante un plato de comida con moho sentimos asco que evita que nos lo comamos y nos intoxiquemos; ante una actividad placentera en familia sentimos alegría que reafirma nuestros vínculos y contactos sociales, etc.

Si sabemos detectar esas “alarmas emocionales” e indetificarlas, nos estamos permitiendo gestionarlas y esto que hace que cubre especial importancia educar emocionalmente como forma de prevención primaria, ya que puede minimizar la vulnerabilidad de la persona a determinadas situaciones, como estrés, ansiedad, depresión, problemas de impulsividad…

Educar emocionalmente en el entorno familiar

El contexto familiar es una oportunidad idónea para el desarrollo de las competencias emocionales, puesto que las familias se enfrentan continuamente a situaciones cargadas de emoción y los padres y madres son un buen ejemplo para sus hijos,  pudiéndoles mostrar diferentes formas de gestión emocional.

Primeros pasos…

Por ello,  lo primero que debemos hacer como papás y mamás es trabajar en nosotros mismos las competencias emocionales. Para ello empezaremos teniendo conciencia emocional.

Como ejercicio te proponemos hacerte las siguientes preguntas al menos una vez  al día:

  • ¿Cómo me siento?
  • ¿Por qué me siento así? ¿Dónde siento esta emoción?
  • ¿Cómo estoy manifestando lo que estoy sintiendo?
  • ¿Esta emoción, me ayuda en la situación o momento actual?
    • Si me ayuda… ¿qué puedo hacer para mantenerla?
    • Si no me ayuda ¿qué puedo hacer para cambiarla?

Por lo tanto, tendremos que, en primer lugar, identificar esa emoción y sus componentes. En este proceso y haciéndonos estas preguntas nos iremos distanciando de la activación que conlleva dicha emoción, lo que nos permita afrontar la mejor solución de una manera más efectiva (como se suele decir:  “con la mente fría se piensa mejor”)

Cuando hemos acabado con este proceso es el momento de preguntarnos, ¿qué alternativas tenemos? Buscaremos la mejor manera de gestionar esa emoción, y ello va a depender de la situación y estado en ese momento. Te animamos a que pienses en cuáles son tus mejores estrategias. Piensa en los momentos donde estabas enfadado, triste… y conseguiste cambiar esa emoción ¿qué hiciste para lograrlo?

Aprender a gestionar nuestras emociones va a facilitar que se lo transmanos a nuestros hijos. Así, cuando nosotros estemos contentos, tristes o enfadados es importante que se lo hagamos saber. En muchas ocasiones los niños nos perciben tristes o enfadados y, al preguntar, obtienen respuestas como “no me pasa nada”. En este momento estamos transmitiendo incongruencias que no ayudan a transmitir una correcta gestión emocional.

De la misma manera, cuando observamos en nuestros hijos una emoción es importante que le hagamos un reflejo de ella, pero que en ningún momento la juzguemos o interpretemos. Por ejemplo, si llega cabizbajo y poco comunicativo podemos decir, “vaya, se te ve triste”. De esta forma facilitamos la comunicación emocional. En cambio, si decimos “ya vienes otra vez callado, sin decir nada, hijo, te tienes que animar no puedes estar así siempre…” Con esta verbalización estamos bloqueando que nuestro hijo exprese cómo se siente y qué es lo que le sucede.

Debemos tener en cuenta que todas las emociones son legítimas, incluido el enfado o la tristeza, ya qu, como hemos dicho antes, no dejan de ser alarmas que nos avisan de que algo no va bien y que requiere un cambio. Sin embargo, las actuaciones que se pueden derivar de estas emociones no tienen porque ser legítimas, como por ejemplo la violencia que se puede derivar de una situación de enfado. Tenemos que enseñar a nuestros hijos que estar enfadado es válido, pero pegar a mi compañero no.

Actividades que nos ayudan a trabajar la conciencia emocional:
  • Cuando nuestros hijos son pequeños podemos dibujar las emociones y colgarlas en algún lugar visible. Cuándo seamos conscientes de alguna emoción en nuestro hijo podemos llevarle donde están colgadas y ayudarle a identificar qué emoción es.
  • Podemos jugar a imitar las emociones delante de un espejo, tomando conciencia de la cara que ponemos según qué emoción sentimos, de forma que le ayude a discriminar cuando esté sintiendo una verdaderamente.
  • Buscar emociones en cuentos o dibujos animados. Hoy en día tenemos ya varios cuentos o peliculas que tratan de abordar este tema en concreto,  pero realmente podemos apoyarnos también de otros cuentos o dibujos para trabajar con nuestros hijos qué emociones tiene el protagonista y demás personajes,  preguntándole cómo cree que se sintieron en las diferentes situaciones que puedan aparecer.
  • Cuando nuestros hijos son más mayores podemos regalarles un diario, y animarle a escribir las situaciones que viva, tanto positivas como negativas, identificando las emociones que siente en cada momento. Escribir en este diario puede ser de gran ayuda al niño o niña para tomar conciencia de qué es lo que le ocurre, dándole diferentes perspectivas que le ayude a regular esa emoción.
  • Como decíamos, cuando observamos una emoción, reflejarle y ayudarle a poner nombre a lo que siente y a encontrar el motivo por el que está así.

Actividades para trabajar la regulación emocional:
  • Escuchar música nos ayuda a fomentar las emociones positivas, por lo que es un recurso de gestión emocional. Cuando estamos estresados o ansiosos podemos encontrar una canción que nos ayude a cambiar esos estados por otros más positivos y beneficiosos para nuestro organismo.  Podemos ayudar a nuestro hijo a identificar qué música es la que le ayuda a él o a ella.
  • Juegos que ayuden a trabajar de forma indirecta emociones tales como frustración o impulsividad. Juegos de mesa como el parchís puede ayudarnos en estos objetivos, ya que el niño tiene que aprender a esperar su turno, a tolerar la frustración de perder justo cuando estaba apunto de ganar, etc. A la vez trabaja el sentido del humor como recurso para cambiar nuestras emociones y afianza el vínculo familiar.  Además de estos Juegos, en el mercado encontramos juegos que están dirigidos directamente a trabajar la gestión emocional.  Como por ejemplo el juego de “Dime Diego”,  “ El juego del monstruo de colores” o “El perruco”.
  • Cuando lo que sentimos es rabia podemos descargarla físicamente, a través del deporte o golpeando un saco de boxeo. Y si decidimos pararnos y echarnos a llorar también es válido, son formas de regular y expresar esas emociones. Cualquier forma de expresión emocional, que respete las normas y límites, será valida y es probable que nos ayude a gestionar mejor nuestra emoción.
  • Practicar juntos la relajación, cuando estamos ansiosos puede ayudarnos a tranquilizarnos. Hacer yoga o mindfulness con los niños son ejercicios que suelen gustarles,  además de darles herramientas que les ayuden a gestionar sus emociones.

Como ves,  realmente no hay solo una forma de gestión emocional,  son varias las formas en que podemos gestionar una emoción.  Te animamos a que encuentres la tuya y a trabajar tu inteligencia emocional,  pues hoy día hay estudios que hablan de mejor inmunología y mayor éxito profesional y laboral; además, podrás ayudar a tus hijos a desarrollar sus propia inteligencia emocional ¡Todo beneficios!

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